Ya el cielo pintaba con anaranjado los techos y las paredes de las casas, las nubes se tornaron frías con una luz violeta y tintes rosados. Al fondo entre la montaña el sol, que a contra luz anaranjada silueteaba todo, robando el color de las cosas que se interponían a su paso, y de alguna manera pintando todo abajo con su luz desgastada y sombras traslucidas. De regreso a la casa había decidido tomar otra ruta y aprovechar para mi deleite, el ocaso al frente y con la brisa en el pelo. Conseguí entrar al pequeño mercado y comprar algunas cosas para la comida. Allí, entre cajones de madera de donde se escapaban olores de frutas, aromas dulces, tal vez una fragancia ácida que parecían del lulo recién cosechado acentuado con el olor de bananos maduros. También olores amargos como el de las coles, un olor a mata que siempre recuerda a la malos ratos en la niñez, pero que ahora que soy adulto disfruto con la nostalgia de los cuidados maternos. En un tazón había granos blandos de...