Obviamente confundido por su actuar, no reuní el coraje suficiente para preguntarle si quería quedarse despierta. Tampoco estaba completamente seguro de que, entre las posibles respuestas, yo hallaría la saciedad si se quedaba otra noche más. Al menos eso imaginaba entre silencios. Respire profundo, llenando los pulmones, despacio, inflando completamente el vientre, lento, el plexo se ensanchó, mi espalda se irguió estirando el cuello, sostuve el aliento, recordé mis clases de teatro, deje salir aire, suave. La técnica de respiración tuvo poco efecto sobre la ansiedad que ya se me notaba por la sudoración en la camisa, disimulada a poco por el calor del verano que emanaba desde los techos de la casa y las hornillas de la cocina que cocían la comida. Yo estaba completamente feliz de estar ahí pero también nostálgico porque ella se marcharía a la mañana siguiente. Atendí a su llamado, de nuevo frente a frente. Sentíamos como el filo vertiginoso en que la fantasía y la realidad se toman de la mano, cortejo y miedo en un saludo. Ya rebanados por la insensatez, entonces discurrimos en palabras, en un tiempo sin medida. Esto lo disfrutabamos y lo conociamos bien. Contemple su presencia, a distancia, yendo primero a sus ojos, luego a su cabello despeinado, luego a su nariz y me deslice por la estela de pecas pequeñitas que como canela molida decoraban al cielo bajo sus ojos. No pude aguantarme y a distancia, repetí la hazaña, un embeleso por su rostro. Al fin pude encontrar sus labios, siempre con su voz, y ella gentil me abrazó con sus palabras. Pude estar tranquilo.
Arenum Ramliw
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