Salí de casa, cerré la puerta y mi desconfianza apaciguó las dudas con tres giros de la llave para poner los seguros de la cerradura. Llevaba tanto tiempo sin salir de casa que las plantas que estaban bajo el tejado de la entrada estaban secas, casi marchitas, aún vivas porque habían varios esfuerzos de retoños y otras en flor. Las plantas bajo estrés echan retoños y extienden las raíces, algunas florecen, o se llenan de plagas. Me gusta imaginar que las plantas se dicen así mismas: ¿será que nos vamos a morir? " (con vos moribunda), es, nuestra, última oportunidad, nos vestiremos de flores, conquistemos un abejorro que traiga y lleve nuestro amor, esperar nuestras semillas", o tal vez digan "a nuestro vecino le da miedo salir, nos va dejar morir" "estamos secas y resquebrajadas, hum¡" exclamaron, "como el dueño de la casa (risas de plantas)". Entro un largo silencio y era obvio que ellas no dicen nada, pero a buen entendedor. Antes de que olvidara, di vuelta atrás de la casa, llene un balde con agua y regué a las sedientas. Son semanas sin saber de ella, y bebo una bocanada de aire fresco después de tanto tiempo. Los delirios ya son menos y un rayo de sol es suficiente para tibiar el corazón. Salgo a la calle adoquinada y con haceras estrechas, camino sin saber a donde, pero resuelto a la sorpresa. Son décadas sin sentir tal locura, ser testigo del capricho de su existencia, nunca seré igual. Mientras camino me doy cuenta. Es posible que ella regrese a casa y no me encuentre. Mis hombros se descolgaron hasta sentir rozar mis manos contra el suelo, sentí dificultad para caminar, como un suelo pegajoso y respire profundo como en las clases de teatro, me incorporé de nuevo. El viento era fuerte, me hizo llorar y me arranco una lagrima hasta el cuello. Giré en la calle más solitaria que bordea el parque. En el letargo me encontró una silla y me recibió una mesa, yo pedí flan para equilibrar los recuerdos y un café sin azúcar, en tasa grande por favor¡ grité, mientras la mesera se perdía entre los estantes atestados de olores que inundaban la cafetería. Disfrute a sorbos las memorias mientras la imaginaba en su trabajo, y con la cucharita raspé todo rastro de dulce. El tiempo en el reloj marcaba justo la hora de las ideas para la cena. Mientras relamía el plato con los dedos, con la otra mano saqué mi libreta roja y el lápiz de dibujo y escribí. Comencé con algunos ingredientes y cantidades, dos pimentones asados, cebolla en julianas, mi mente se fue, y conseguí acompañarla, de nuevo la imaginé, y terminé escribiendo un poema.
Al principio la dejé entrar hasta la puerta que estaba entre abierta, un límite invisible, insustancial. En verdad siempre he permitido que entre y merodee por los pasillos porque tienen un comienzo y un final. A veces sin permiso entra a las habitaciones, algunas atiborradas de ideas abandonadas mientras otras, en pleno resplandor, todas roban su atención. Ya adentro, se vuelca en el piso, panza arriba y se divierte un poco con una mota que la briza le ha traído en una danza suave, luego su mente divaga en el aburrimiento de tantas posibilidades. No tiene afán, su actuar va despacio pero no sus pensamientos. Cuando se pasea por el patio es cautelosa, en campo abierto tiene más cuidado, prefiere menos atención, parece libre . Cruza el vestíbulo y se mira en el espejo que está al lado de la ventana y se reconoce salvaje en su interior, gata sonríe y su pómulo se eleva delicado y frívolo. Lleva su mirada a través de la cortina, y todo gesto se desvanece cuando contempla lo q...
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