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4. PERDIDO

Salí de casa, cerré la puerta y mi desconfianza apaciguó las dudas con tres giros de la llave para poner los seguros de la cerradura. Llevaba tanto tiempo sin salir de casa que las plantas que estaban bajo el tejado de la entrada estaban secas, casi marchitas, aún vivas porque habían varios esfuerzos de retoños y otras en flor. Las plantas bajo estrés echan retoños y extienden las raíces, algunas florecen, o se llenan de plagas. Me gusta imaginar que las plantas se dicen así mismas: ¿será que nos vamos a morir? " (con vos moribunda), es, nuestra, última oportunidad, nos vestiremos de flores, conquistemos un abejorro que traiga y lleve nuestro amor, esperar nuestras semillas",  o tal vez digan "a nuestro vecino le da miedo salir, nos va dejar morir" "estamos secas y resquebrajadas, hum¡" exclamaron, "como el dueño de la casa (risas de plantas)". Entro un largo silencio y era obvio que ellas no dicen nada, pero a buen entendedor. Antes de que olvidara, di vuelta atrás de la casa, llene un balde con agua y regué a las sedientas. Son semanas sin saber de ella, y bebo una bocanada de aire fresco después de tanto tiempo. Los delirios ya son menos y un rayo de sol es suficiente para tibiar el corazón. Salgo a la calle adoquinada y con haceras estrechas, camino sin saber a donde, pero resuelto a la sorpresa. Son décadas sin sentir tal locura, ser testigo del capricho de su existencia, nunca seré igual. Mientras camino me doy cuenta. Es posible que ella regrese a casa y no me encuentre. Mis hombros se descolgaron hasta sentir rozar mis manos contra el suelo, sentí dificultad para caminar, como un suelo pegajoso y respire profundo como en las clases de teatro, me incorporé de nuevo. El viento era fuerte, me hizo llorar y me arranco una lagrima hasta el cuello. Giré en la calle más solitaria que bordea el parque. En el letargo me encontró una silla y me recibió una mesa, yo pedí flan para equilibrar los recuerdos y un café sin azúcar, en tasa grande por favor¡ grité, mientras la mesera se perdía entre los estantes atestados de olores que inundaban la cafetería. Disfrute a sorbos las memorias mientras la imaginaba en su trabajo, y con la cucharita raspé todo rastro de dulce. El tiempo en el reloj marcaba justo la hora de las ideas para la cena. Mientras relamía el plato con los dedos, con la otra mano saqué mi libreta roja y el lápiz de dibujo y escribí. Comencé con algunos ingredientes y cantidades, dos pimentones asados, cebolla en julianas, mi mente se fue, y conseguí acompañarla, de nuevo la imaginé, y terminé escribiendo un poema.

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