Compartimos una o dos miradas para asegurar la sincronía. Mientras me hablaba de la guerra y como sanar las heridas con hierbas, ella miró el reloj, era más de la media noche. El cansancio fue apagando sus ojos, se notaba el esfuerzo, sobre todo se notaba que no quería finalizar la historia, eran las últimas páginas del libro. Noté que pronto la perdería. Una vez que retornara el silencio se iría a dormir y se marcharía en la mañana. Mi ser infantil y ansioso, ni sabía cómo debía actuar. No quería que se espantara sin verle en detalle. Era la primera vez que la veía. Muchas veces la visité, me visitó y entró, la escuché, pero era la primera vez que la veía en mis contemplaciones. La encontré fascinante. No había tiempo que perder. Anote cuánta dulzura me entrego. Comencé mi dibujo, como una canción sin melodía, deje que fluyera juvenil y venturosa. La dibujé, comenzando por sus manos pequeñas, su olor imperceptible, la dibuje en detalle en cada grieta de su corazón, su fuerza y hasta sus pies torcidos, lo más difícil fue pintar su voz y hallar el color para su amor. Así que guardé tinta para un esbozo más. Negocie con la realidad para encontrarla en su ausencia, imaginarla panza arriba en la habitación jugando con mis ideas. Sin su consentimiento la dibuje por primera vez en mi mente. No dormí esa noche, ni la siguiente, no he parado de dibujarla mientras me cuenta sus últimos relatos. He atrapado una parte de ella para que perdure más allá de la memoria. He conjurado mis dibujos o garabatos mentales en palabras para que ella pueda leerlos. Ojala me encuentre, para escucharla de regreso en su propia historia.
Ella y Arenum
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