Ya el cielo pintaba con anaranjado los techos y las paredes de las casas, las nubes se tornaron frías con una luz violeta y tintes rosados. Al fondo entre la montaña el sol, que a contra luz anaranjada silueteaba todo, robando el color de las cosas que se interponían a su paso, y de alguna manera pintando todo abajo con su luz desgastada y sombras traslucidas. De regreso a la casa había decidido tomar otra ruta y aprovechar para mi deleite, el ocaso al frente y con la brisa en el pelo. Conseguí entrar al pequeño mercado y comprar algunas cosas para la comida. Allí, entre cajones de madera de donde se escapaban olores de frutas, aromas dulces, tal vez una fragancia ácida que parecían del lulo recién cosechado acentuado con el olor de bananos maduros. También olores amargos como el de las coles, un olor a mata que siempre recuerda a la malos ratos en la niñez, pero que ahora que soy adulto disfruto con la nostalgia de los cuidados maternos. En un tazón había granos blandos de chócolo con fibras doradas, recién desgranado. Lleve una pucha de esos granos para hacer una torta. Seguí explorando cada rincón de la tienda, mientras que una pareja escogía tomates maduros y yo pensaba que me dejarían todos los pintones, Del techo bajaban cuerdas que sostenían toda clase de ramas, hojas, astillas, tantos olores, mil ideas. Recogí un manojo de toronjil y cidrón para hacer las bebidas frías. Finalmente pude acercarme a los tomates, y lleve otras verduras que empaque en mi bolsa de tela. Al llegar a la casa, las plantas y yo parecíamos haber saciado la necesidad, rejuvenecidos por un trago de agua y una caminata por el parque. Ya dentro de la casa, me apresuré a afilar los cuchillos, un habilidad que aprendí de mi abuelo y mis tíos. Con la hoja filosa sobre la roca, pacientemente con ires y venires se formaba la rebaba, y con otros veinte o veintidós pasones de cada lado se terminaba de asentar el filo. Sobre la tabla de madera puse mis notas y dispuse todo mi empeño. El poema que escribí en el café, tenia todas las indicaciones para cocinar los sentimientos a fuego bajo. Cocinaría esta noche para ti sin ti. Espero que me encuentres antes de que la comida se enfríe, otro día más.
Al principio la dejé entrar hasta la puerta que estaba entre abierta, un límite invisible, insustancial. En verdad siempre he permitido que entre y merodee por los pasillos porque tienen un comienzo y un final. A veces sin permiso entra a las habitaciones, algunas atiborradas de ideas abandonadas mientras otras, en pleno resplandor, todas roban su atención. Ya adentro, se vuelca en el piso, panza arriba y se divierte un poco con una mota que la briza le ha traído en una danza suave, luego su mente divaga en el aburrimiento de tantas posibilidades. No tiene afán, su actuar va despacio pero no sus pensamientos. Cuando se pasea por el patio es cautelosa, en campo abierto tiene más cuidado, prefiere menos atención, parece libre . Cruza el vestíbulo y se mira en el espejo que está al lado de la ventana y se reconoce salvaje en su interior, gata sonríe y su pómulo se eleva delicado y frívolo. Lleva su mirada a través de la cortina, y todo gesto se desvanece cuando contempla lo q...
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