El vapor de la cocción hacia que la tapa de la olla entre tiempos conjugaran una melodía, un silbido y un compas que advertía el hervor. El cascabeleo de la válvula de la olla a presión y el siseo en la piel de un pimentón rojo que a las brasas estremecido se quemada despidiendo un aroma maravilloso. Nuestro silencio había sido suplantado. En un acuerdo no pactado, no decir nada, era un transcurrir sin que fuera incomodo. Mientras terminabas de trocear la ensalada, yo me aventure y de reojo me encontré con su asecho, tan intenso, tuve que quitar la mirada tan rápido, para no quedar completamente en evidencia. Casi imposible desaparecer y me oculte tras una nube de harina, lanzada a propósito para evitar que se pegara la masa y que fuera demasiado evidente lo inquietante de que nos hubieran dejado solos en la cocina. Mientras amasaba, entre lagrimas la cebolla fue despiadada con las alergias. Inevitablemente a la canción de la cocina se unió su voz - ¿te ayudo con la masa? dijo ella mientras se recogía el cabello en una cola desaliñada. - Nunca he hecho pan, aclaró para no crear expectativas. Yo asentí con la cabeza y guiñando un ojo, apostaba todo por sus manos y le pedí que se las secara con una toalla limpia que colgaba en la manija de la nevera. Me acerque y tome sus manos para impregnarlas de aceite, sobre la bandeja de aluminio. Mi corazón parecía trabajar en contra, era imposible verme tranquilo, entonces tuve que respirar despacio, relajar la mente, despacio. Sus ojos se maravillaron al primer contacto, indagaste con la mirada y sutil, juntos, sumergimos las manos en la masa. Quise pronunciar tu nombre, y la complicidad se hizo silencio. El horno ya estaba caliente, las mejillas pintadas y la curiosidad como los aromas de la comida se cuelan e invaden toda la cocina. Al fin pusimos la mesa, y las intenciones.
Al principio la dejé entrar hasta la puerta que estaba entre abierta, un límite invisible, insustancial. En verdad siempre he permitido que entre y merodee por los pasillos porque tienen un comienzo y un final. A veces sin permiso entra a las habitaciones, algunas atiborradas de ideas abandonadas mientras otras, en pleno resplandor, todas roban su atención. Ya adentro, se vuelca en el piso, panza arriba y se divierte un poco con una mota que la briza le ha traído en una danza suave, luego su mente divaga en el aburrimiento de tantas posibilidades. No tiene afán, su actuar va despacio pero no sus pensamientos. Cuando se pasea por el patio es cautelosa, en campo abierto tiene más cuidado, prefiere menos atención, parece libre . Cruza el vestíbulo y se mira en el espejo que está al lado de la ventana y se reconoce salvaje en su interior, gata sonríe y su pómulo se eleva delicado y frívolo. Lleva su mirada a través de la cortina, y todo gesto se desvanece cuando contempla lo q...
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