El cielo entapetado de nubes no dejó escapar ni un hilo de sol. Del sur, un viento perezoso dejó abandonada la niebla sobre la montaña, que apenas se levantaba sobre la copa de los árboles y las palmas. Afuera el frío abrazaba todo a su paso, mientras adentro de la casa el calor se apoderaba de las paredes y el techo. Bajo la sabana, cómo fantasmas, las manos heladas de doña Soledad abrazaban la espalda de Matilde. Con una mano le agarrada las nalgas, y pronto reconcilió el sueño, lo demás paso en silencio hasta que despertaron en la mañana. Cuando las primeras luces lograron colarse por los agujeros de la ventana del cuarto oscuro, Doña Soledad le pinto recuerdos en la nuca y el cuello, Matilde agasajada le recibió todos los cariños y le apretó una mano con con las piernas. De nuevo se quedaron dormidas. Arenum